9.12

Lluny d’aquí hi ha una noia de mirada coneguda que m’observa i intenta reconeixe’m però no ho aconsegueix. No sap qui soc; ni ho sospita. No sap qui ets; ni se n’adona. Em mira intentant trobar una resposta; sense èxit. Veu en mi un cert aire familiar, però amb això no n’hi ha prou.

Tu has moldejat la meva silueta. Has omplert els racons, els intermedis, les pauses. Has acabat de donar sentit a allò que mai no en va tenir, o que sense adonar-me’n, el va perdre.

Tu m’has alliberat de mi mateixa. I ara et miro, i veig com m’has canviat. M’entenc més que mai. Ploro, però no estic trista. Sento enyor pensant en el futur que t’anirà allunyant mica en mica. I la meva feina serà mantenir encès aquest vincle, perquè la teva flama no s’apagui.

Enyorar a algú que encara no has perdut! Fer-lo teu sabent que ja des d’avui el seu camí ha començat a emportar-se’l.

Jo hi seré. Avui, demà, i l’altre, i l’altre també….

Tu aniràs, vindràs, marxaràs, estimaràs, t’enfadaràs, creixeràs, entendràs, o no ho faràs; t’amagaràs, m’abraçaràs…. i aniràs fent via sense haver de mirar enrere.

I jo t’observaré de reüll i et sabré tan meva com avui que dorms a les meves mans.

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La primera rosa

La rosa li tremolava a la mà. Esperava amb ànsia que arribés la nena que li havia robat el cor d’infant que mica en mica s’anava fent gran. La va veure entrar per la porta de l’aula, i vergonyós es disposà a apropar-se cap allà. Sentia de lluny com els seus amics li feien burla per l’acte tan poc masculí que es disposava a fer…
– ignorants….- pensava la mestra, que ho veia tot des de lluny, i mig de reüll, delerosa per veure com es desenvolupava l’escena.
La Maria estava protegida pel cercle de les seves amigues de l’ànima (aquelles que mig envejoses, mig sorpreses, tampoc sabien molt bé com havien d’actuar).
Finalment, el Marc arribà fins on era ella, i la va cridar pel nom, amb un filet de veu que ho demostrava tot excepte la seguretat anhelada.
L’agafà temerosament pel braç per allunyar-la de les mirades intruses, i mig fora mig dins de l’aula, li feu entrega de la flor, aclarant-li (per si hi havia encara lloc per algun dubte) que :
– Maria, m’agrades molt, i vull regalar-te aquesta rosa, per si vols ser la meva nòvia.
Ella, vermella com la flor, mirà al seu voltant, i veié com tots estaven pendents de l’escena. Es paralitzà un moment, i després agafà al Marc per la mà, allunyant-lo de l’aula. Li va fer un petó a la galta, i molt depressa li digué:
-ja era hora Marc, pensava que no t’atreviries mai.

Històries de Sant Jordi…. Cada any a les escoles algú fa entrega de la primera rosa de la seva vida. Segurament en regalarà moltes d’altres, a altres noies, però aquella, mai no l’oblidarà.

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Trío roto

Me dejaron.

Se fueron sin dejar rastro.

Sin más, las perdí.

¿Cómo pude permitirlo?

Hasta el momento nunca lo había imaginado…

Siempre iban conmigo las dos, como hermanas.

Donde yo fuera, ellas venían conmigo.

Bajo su fría apariencia, al tacto de mis manos se dejaban querer, y entre mis dedos se volvían cálidas. Éramos tres, y cada uno en su papel nos volvíamos indispensables. Ellas encajaban en el lugar adecuado. Yo, las sabía llevar.

Ahora, en cambio, sólo queda su ausencia.

Las busqué donde nadie puede ni tan sol imaginar.

Me agaché, en plena calle. Humillado. A plena luz del sol, donde ni las sombras turbias de un atardecer pudieran disimular mi ridículo. Y allá abajo, con la rodilla tiesa por el contacto con la acera, recordé las veces que había reído de los que vi en una situación similar.

La vida va pasando factura.

Lo peor…. extrañarlas tanto! No hay nada más bajo que desear a quien te acaba de abandonar.

Si ellas estuvieran aquí…. Distinta sería la tarde!

Pero, porqué me dejaron? dónde las perdí? o fue un intruso quién me las robó? por qué no estuve más atento a ellas…??

Ellas..; sin ellas….no soy nadie.

Triste.

Solo.

Humillado.

Sudoroso.

Cansado.

Abatido.

Y mientras tanto, la casa vacía.

Y yo aquí, en la calle.

Y las llaves…. ¿Dónde estarán mis llaves?

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lunes

Con la mirada perdida, sube al autobús y se sienta junto a la ventana. En la misma dirección del movimiento… nunca de espaldas.  Se marea. Su vista se pierde entre escaparates, gente que camina, letreros luminosos, coches, motoristas, árboles, bancos….  no mira nada en concreto. Se deja llevar. Se palpa en el ambiente que es lunes. Los ánimos están  por los suelos, y la gente tiene pocos alicientes para mantener la sonrisa de camino al trabajo. Eso, los que todavía lo conservan.

Las tertulias radiofónicas dan pocas esperanzas a la economía, los desahucios llenan portadas de diarios, los carteles de la campaña electoral han salido como setas, colgados de las farolas. La gente está nerviosa, mucho suspiro, mucho cartel de “se vende”, “se alquila”, “se traspasa”… en los locales del barrio, mucha gente husmeando en los containers, con o sin disimulo. Las cosas han ido cambiando desde hace unos años.

Solicita parada y baja del bus. Tiene el pulso alterado, y le cuesta mantener la mano quieta. Al poner los pies en la acera se da cuenta que se ha olvidado la bufanda en el asiento. Gira la cabeza, pero el autobús ya ha desaparecido entre la multitud. Otra señal que hoy no será un buen día. El letrero luminoso de su frente anuncia “lunes de mierda”, aunque la u esté fundida, y la m tiemble como sus manos inquietas.

Deja escapar un suspiro, e intenta retener una lágrima que quiere escapar de su ojo derecho. Camina aparentemente decidida, aunque está tocada y hundida. La semana pasada su novio se fue de casa. El martes le confesó “tener ciertas dudas sobre la relación”, “debes comprenderme”. El miércoles ya estaba vacía su parte del armario, y ciertas marcas en la pared mostraban los vacíos de sus cuadros. En el baño, sólo un albornoz. Media cama sin deshacer. El jueves parecía que nunca hubiera existido.  Ni un rastro de él. Nada.

El viernes su jefe la despedía del trabajo. “Recortes en el presupuesto”, le dijo “debes comprenderme”, mientras le daba unas palmaditas en la espalda.

El sábado llovió todo el día, y su única compañía fue la manta del Ikea de color rojo, bajo la que intentaba esconderse, estirada en el sofá. No quiso llamar a nadie. No quiso hablarlo con nadie. No quiso llorar. No quiso compadecerse. Tampoco quiso comprender a nadie.

Si el sábado hubiera aceptado el llanto, ahora no estaría sumida en esta lucha entre su cabeza y su ojo derecho. Faltan sólo 5 minutos para la entrevista y está delante del portal, con los ojos cerrados, pautando la respiración, inspira, expira, inspira, expira…. intentando pensar en cosas bonitas, que le gusten, que le hagan reír…. sí, hombre… esas cosas en las que se piensa… en ésas…. pero, cuáles son??

No lo consigue, e intentando pensar en una playa preciosa, resulta que él está a su lado. Pensando en cuando era pequeña, piensa en su abuela a la que tanto añora, piensa en un chiste, y lo recuerda a él explicándolo, piensa en helado de fresa, y se acuerda de las veces que por sorpresa, él la había llevado a la heladería de la esquina, piensa…. se bombardea de imágenes que aparecen, pero al reconocerlas como inadecuadas, intenta hacerlas desaparecer…. y entre medio de todo este lío, ya pasan 10 minutos de la hora de la entrevista, y ella ya está llorando en medio de la calle, y lentamente se va arrodillando, hasta quedarse hecha un ovillo, sola, y empieza a llover, y no tiene paraguas.

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Un mar de fueguitos

El primer conte del blog que no he escrit jo és aquest petit text (petit pel tamany, no pel contingut) d’Eduardo Galeano. A mi em posa la pell de gallina…

Un mar de fueguitos

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con una luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran no queman, pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quién se acerca, se enciende.”

-Eduardo Galeano— En “El Libro de los Abrazos”

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tu ausencia

Largas se hacen las noches cuando no estás. Largos los silencios de sofá, cuando al estirar las piernas no tropiezo con tu cuerpo sentado en el otro extremo. Largos los paseos sin tu mano que coge la mía, apretándome ligeramente los dedos cuando has descubierto algo que merece la pena observar.

Y sentada al pie de la cama, atándome los cordones de unas deportivas que ya han caminado demasiado, pienso en ti. Y abriendo la despensa, esperando que algún milagro haya sucedido y encuentre algo en su interior que me apetezca, pienso en ti. Y en los pasillos del supermercado, pensando por enésima vez porqué no he cogido un carro al entrar, ya que me he quedado sin manos, pienso en ti.

Los domingos, cuando el despertador no suena por descanso semanal, me despierto antes de hora. Los viernes, al salir del trabajo, no sonrío como hacen los demás pensando en el fin de semana, con tantas horas por llenar. Los miércoles, no tengo ningunas ganas de llegar a casa. Los lunes no me pesan más que los sábados.

El teléfono suena, pero otra vez, no eres tu. El buzón me recibe lleno de cartas del banco, del seguro, de propaganda, pero ninguna es tuya. El contestador no tiene mensajes, y si los tuviera, probablemente no serían tuyos. El timbre de la puerta suena de repente, y me encentro en el rellano a la portera; a los del gas con una súper oferta que rechazo porque como la última vez que vinieron, sigo sin tener contrato de gas; a un vecino despistado que ha confundido el principal con el entresuelo.

Cuando alguna tarde, no sin pereza, enciendo la tele, en un canal pasan una comedia romántica. Cambio. En otro, una serie de cuarentonas a la caza y captura de un marido. Cambio. Un debate sobre si la relación del torero con la modelo se ha roto por las infidelidades del uno o por las ausencias de la otra. Cambio. Futbol, partido en diferido de tu equipo del alma. Cambio. Anuncio de una lavadora, donde se ve una feliz pareja. Cambio. Mejor apago.

La música que tengo se divide en los cds de tus grupos preferidos y en los que detestas.

En el colmado me preguntan con una sonrisita, cómo es que últimamente siempre voy sola. En la charcutería me dicen que vuelven a tener ese queso que tanto comprábamos. En el bar me esperan a desayunar, aunque siempre paso saludando tras el cristal. Y al llegar al portal, esa plaza de zona azul que siempre te esperaba vacía, lo sigue haciendo.

No entiendo porqué mis amigos me dicen que no lo tengo superado. Por eso evito cada vez más estar con ellos. No entienden nada. Tú no te has ido. Nunca lo hiciste. Sólo descansas en el silencio frío y acogedor del arcón congelador. Seguro que aprendiste la lección de no jugar conmigo. Sólo que al hacerlo, yo perdí más de lo previsto.

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adiós

Las últimas palabras que me dijiste fueron: no te olvidaré, y aunque no lo creas, te he querido siempre.

Después, me besaste dulcemente en los labios, me acariciaste con el dedo la barbilla, como tantas veces antes habías hecho, y te volviste, sin más, para desaparecer entre la muchedumbre. Ni tan sólo te giraste desde lejos para despedirte con el vacío de una mirada, ya para siempre perdida. Yo  te seguí los pasos con los ojos temblorosos, esperando ese último adiós que nunca llegó.

Oía tus palabras sin parar. Las repetía en voz bajita, intentando mantener vivo ese momento. Ese recuerdo fue mi tesoro durante mucho tiempo. Y a veces, sin que nadie se enterara, me las repetía una y otra vez, en un susurro: no te olvidaré, y aunque no lo creas, te he querido siempre.

¿Qué podía hacer yo? Sino romper el llanto hasta dejarlo seco. Y así pasaron días, meses  e incluso años, en los que me convertí en una personita triste, callada y ausente. Mi mundo interior era el que llevaba las riendas, sin dar opción alguna a que alguien pudiera hacerse un lugar en mi alma. Hubo quien se enamoró de mi, o mejor, de mi silenciosa presencia. Yo me dejé querer desde una distancia que nunca desapareció. Me querían los rubios, los morenos, los flacos, los altos, los bajos… A todos ellos les fascinaba la débil y melancólica muchacha de sonrisa triste y andares distraídos. Pero ninguno de ellos llegó a conocerme. Ninguno quiso saber quién era yo detrás de aquél disfraz de infeliz. Ninguno me quiso, en realidad. Ni yo, tampoco a ellos.

Tu nunca volviste a buscarme. Yo te veía, o eso creían mis ojos, en distintos lugares. Te creía ver en el mercado, en el parque cercano a mi casa, en… todos los lugares donde lo hubiera dado todo por verte aparecer. Pero al fin aquella visión nunca daba un paso más y se quedaba simplemente en mi mundo imaginario.

Cuánto hacía que no pensaba en todo esto. Ha pasado tanto tiempo…

Ahora, sentada en el último asiento del autobús para volver a casa, ha pasado algo inesperado. En la parada anterior ha subido un hombre con abrigo de pana gris oscuro, bufanda anudada al cuello y sombrero. No es como los demás. Sin poder impedirlo, mis ojos se han fijado en él; tampoco sabría decir porqué. Ha empezado a avanzar hacia mi, mirando al suelo, y he podido ver su rostro. Eres tú, pero con muchos más años de los que tenías el día de nuestra despedida. Tú no me has visto, y te mantienes con la mirada fija a través de la ventana, observando la calle con poca atención. Los años te han robado encanto, y se te ve mayor. La mujer que te acompaña dirige su mirada hacia las otras ventanas, y todavía no habéis hablado desde que habéis subido al autobús. Tampoco os habéis mirado, ni mostrado ningún tipo de complicidad. Seguramente es arriesgado, pero no pareces haber cumplido tus sueños. Ésos que te alejaron de mi. O a los que otorgaste el papel de excusa para huir de mi regazo. No tienes aspecto de fotógrafo intrépido moviéndote entre guerra y guerra, sino más bien de banquero aburrido que cuenta las horas que le faltan para abandonar su puesto de trabajo. Quién sabe, quizás incluso vayas los sábados por la tarde al supermercado…

Observándote sin ser descubierta te has ido volviendo humano, has bajado del olimpo en el que mi recuerdo te cobijaba. Y así, sin más, mi anillo de casada me ha regalado una sonrisa sincera en mi rostro. Tuve suerte, seguramente, de verme obligada a alejarme de tu ruta a seguir, y de haber reconstruido poco a poco los pedazos que configuraban mi vida.

Se está acercando mi parada, y debo levantarme y pasar frente a ti para llegar a la puerta. En ningún momento he sentido ganas de acercarme a ti. Me levanto discretamente, camino por el paso entre las butacas, y cuando casi tengo la puerta a mi alcance una frenada me abalanza sobre ti.

-Perdón- te digo, mientras alzo la mirada. Tú me miras, y por el gesto de tu cara deduzco que me acabas de reconocer. Te han brillado por un instante las pupilas. Al bajar del autobús todavía tienes los ojos fijos en mi, buscándome entre la gente de la acera que se amontona para subir al bus. He empezado a caminar, segura de mis pasos, notando tu presencia en mi cogote. Me reconforta la sensación de devolverte un final amargo a algo que tú ya habías terminado. Hoy soy yo quien  no se girará  para mirarte a distancia; y eres tú, quien se desvive por que lo haga.

Hoy, al fin, me despido.

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